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Miércoles 20 de Noviembre de 2019
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Chiapas de Tradiciones

EL PRIMER ASALTO AL BANCO


Mi pueblo era pequeño, tanto, que todos éramos vecinos. Doce cuadras de largo por seis de ancho, rodeado por caudalosos ríos (caudalosos solo en tiempos de lluvia). La actividad comercial crecía cada vez más —nuestra Calle Central semejaba la Quinta Avenida de Nueva York—, así que, en mil novecientos cincuenta llegó la modernidad: el Banco de Comercio instaló una sucursal a una cuadra del parque.

Con los bancos llegan los empleos, los créditos, las inversiones y... ¡los asaltos! En mi pueblo no había ladrones, al menos no de bancos, si acaso se solía robar a las novias (siempre con la anuencia de la mamá). Los primeros roba bancos llegaron de fuera, eran forasteros, ignoraban que al dinero nosotros le decimos “la paga”.

Una mañana de diciembre, dos empistolados entraron al banco y gritaron:

—¡‘Ora sí, putos! ¡Esto es un atraco; echen la marmaja y no se pasen de ojetes, porque los agujereamos! Perplejos, los empleados, miraban y escuchaban a los facinerosos gritarles: “putos, atraco, marmaja, ojetes”… ¡no entendían ese lenguaje raro!

Un cliente que sabía el caló chilango les tradujo: “Dicen que ustedes son mampos, que es un asalto, quieren la paga y que no se hagan los vivo, porque les van a echá harta bala”.

Sin chistar, el dinero pasó a manos de los asaltantes, que en la huida se llevaron también al valioso intérprete —habían visto ya su utilidad—. Subieron al primer taxi que encontraron estacionado: el Studebaker de “La Culeca” —ese auto había sido de mi primo, El Mapechiapa, y éste lo exprimió; el carro ya había dado todo. Una vez dentro del coche, le ordenaron al taxista:

—Pinche chafirete, jálate pa’ la capirucha y… ¡Buzo caperuzo, o te quebramos!

El intérprete tradujo:

—Culeca, agarrá pa’ Tuxtla y ponéte vivo, si no, te van a jodé.

El gran escape comenzó. La Culeca salió a la carretera, pero antes les advirtió que su servicio únicamente era local:

—¡Qué local ni que la chingada, te vas raudo y chitón boca!

—Que te apurés ligero y calláte tu trompa —dijo el intérprete.

La carretera, como siempre, estaba fatal: pura terracería, piedrecería y con unos hoyos que hasta una carreta —con todo y yunta de bueyes— habría desaparecido en ellos. El carro de “La Culeca” estaba más jodido que el camino. Por el exceso de velocidad de la huida (40 km/hora), a los cinco kilómetros se le ponchó una llanta; se bajaron los cuatro ocupantes del auto:

—¿Y la llanta de refacción? —preguntó un ladrón al abrir el maletero.

—‘Caso hay pué —dijo “La Culeca”.

—¿Qué quiso decir este güey? —le preguntó al traductor.

—Dice que nunca ha tenido.

El chofer recibió la primera regañada. Siguieron la fuga con la llanta ponchada. En la subida del Portillo de Zaragoza se poncharon las otras tres: segunda putiada a La Culeca.

Un asaltante le preguntó:

—Oye, güey… ¿qué otro problema tiene esta carcacha?

El intérprete:

—Vos, pendejo, ¿qué otra chingadera tiene tu charchina?

—Vé, no me jodás: no dijo pendejo, me dijo güey —protestó La Culeca—. Les iba yo a decí: que no le eché sus siete litro de Mexolina, si a ponerle gasolina iba yo —informó el taxista. Tercera regañada.

Don Sebastián, encargado de la telefonía regional, había dado la alarma del robo al banco: —Villaflores llamando a La Garza…

Villaflores llamando a La Garza… Contestá Garza… ¡Contesten! ¿Por qué no contestan?

Por fin contestó La Garza, e informó a los Fernández del asalto.

—Villaflores llamando a Obregón… Contestá Obre… contestá Obre… ¡Con una chingada, contestá Obre!... ¡Contesten! ¿Por qué no contestan?

Los Moguel de Cristóbal Obregón también fueron informados del asalto al banco.

Los Fernández y los Moguel recorrieron la carretera alertando a los ranchos vecinos. En El Desvío hicieron una barricada, ahí se parapetaron junto con los Corzo del rancho “Sinaloa”, los Velasco de “Salto Chiquito”, los López de “Covadonga” y los Moreno del “Desvío de Zaragoza”. Todos ellos, descendientes de Guerrilleros Mapaches, estaban armados y listos para capturar a ese par de bandidos; el más entusiasmado de todos era el Tío Gencho, que a sus noventa y dos años, en su silla de ruedas, con un rifle de pedernal, su Mal de San Vito (Parkinson) y su demencia senil gritaba: “¡‘Ora sí, carrancistas hijos de la chingada, aquí está su mero capitán Mapachi Fulgencio González: sus mero padre!”, mientras todos le decían: “¡Apué, Tío Gencho, apunte’sté pa’ otro lado…!”

El Studebaker, con las cuatro llantas ponchadas, penosamente avanzaba a paso de carreta. El motor echaba más humo que el volcán Paricutín antes de explotar. Al llegar al Desvío, vieron la barricada; los bandidos, manos arriba, se entregaron sin luchar, y gritaban:

—¡Piedad! ¡Nos rendimos! Mejor estar recluidos que seguir soportando la pinche carcacha de este irresponsable.

—¡Ah, cabrón…! Éstos no son carrancista. ¡Son gringo, tan hablando inglés! —dijo tío Gencho.

El Studebaker hasta ahí llegó, quedó como símbolo de que en mi pueblo, si quieres robar algo, usa tu carro y no le pidas a un irresponsable, como “La Culeca”, que te lleve a Tuxtla.

El chofer se defendió:

—¡Ah, puta!… Yo les advertí que mi servicio era LOOOCAL… ¡Se los dije! ¡‘Ora sí ve… que ya yo!



Nombre: Enrique Orozco
Ocupación: Escritor y miembro fundador del movimiento cultural Rial Academia de la Lengua Frailescana

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