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EL ASALTO AL CASTILLO DE CHAPULTEPEC


Aquel 13 de septiembre de 1959; el director de nuestra escuela primaria, el maestro Jesús Flores, quiso reproducir la gesta heroica de los Niños Héroes de Chapultepec. El simpático y creativo profesor era mi tío y le gustaba organizar tertulias. En ellas, narraba cuentos clásicos que él adaptaba a su muy particular estilo. Creaba los diálogos y hacía todas las voces. Los alumnos las actuábamos: La Caperucita Amarilla y El Lobo Infeliz; Blanca Nieves y los Dieciocho Enanos; Los Cinco Cochis con grano, y otros más. El público, noble y complaciente en su mayoría eran familiares de los actores: abuelos, padres, hermanos, tíos. 

Ese 13 de septiembre, para honrar la valentía de los Niños Héroes de Chapultepec, seleccionó a los alumnos de mayor edad. Juan Escutia, Francisco Márquez, Juan de la Barrera, Vicente Suárez, Fernando Montes de Oca y Agustín Melgar, estarían bien representados. Quise ser uno de ellos —el maestro Chu era mi tío y pensé que me daría el papel de Juan Escutia (el que se tiró envuelto en la bandera)—. No me dio nada, me dijo: 

Sobrino, ‘tas muy jodido, te vas a desarmá y envuelto en la bandera vamo’a llevá tus hueso a tus papaes.

Como premio de consolación me la dio de invasor. Pensé: “no le hace, aunque sea de pinchi gringo, pero salgo”. Gil Rincón, un sonriente mocetón de dieciséis años sería Juan Escutia. Él se arrojaría del techo de asbesto de nuestra escuela (de unos cuatro metros de altura), caería sobre un colchón 

“Hércules” de doble resorte de la cama matrimonial del maestro Chu. La Chiva, El Semáforo, El Mapechiapa, El Walterspacher y El Caballo, serían los otros niños heroicos.

¡Los pinchis gringos éramos cuarenta!  Y llegó la gran noche. El asalto empezó.

En una de las orillas del techo colocaron una escalera. Por ahí trepamos los invasores.

Mi tío, narrando, era capaz de emocionar al más talludo de los espectadores. Los Niños Héroes también eran talludos, no querían morir. El Cantinflas Betanzos, generosamen- te, hacía estallar manojos de triquis chinos simulando la balacera. Hasta que el director les gritó a los cinco héroes: 

—Mueren o no les doy su certificado de primaria

El maestro Chu, con su perorata, lograba emocionar hasta las lágrimas a la mujerada. Juan Escutia era ya el solitario defensor del castillo. Dramático, se envolvió en la bande- ra, se asomó, titubeó un poco, el heroísmo y los emotivos gritos del narrador lo decidie- ron a lanzarse sobre el colchón. 

¡Cayó a toda madre! ¡El público emo- cionado aplaudía de pie! De pronto…

¡Empezó el desmadre! ¡Todo se descompu- so! Ante el desconcierto general ¡El Mape- chiapa resucitó! Se quitó los anteojos; y sin tanto drama se tiró al colchón. Atrás, en fila india, venían los otros héroes. El maestro Chu, sabía que el Hércules, su colchón de doble resorte, no aguantaría los zapatazos de tanto héroe. Pero la cosa no paró ahí, el primer invasor cayó al colchón, formaditos hacíamos cola para tirarnos treinta y nueve gringos. Era mi turno, me asomé y vi que  el colchón estaba muy pequeño. Mis padres y abuelos estaban ahí y no se quedarían sin su niño héroe. Venciendo mi temor, me lancé al vacío, caí encima del León Pelón, el único invasor negro que había en el ejército gringo, le saqué el juelgo.

El Negro boqueaba como bagre fuera del agua, alguien gritó:

—¡Atiendan al negro! Pero otra voz ordenó:

—¡Noooo, es un pinchi invasor y negro to’avía

Al Hércules ya se le veían los resortes por recibir a tanto héroe. El maestro Chu se jalaba los cabellos cuando vio que los Niños Héroes y algunos invasores tre- paban al techo para tirarse nuevamente.

Por primera vez, el narrador no atinaba a decir nada. Con la segunda oleada de héroes, Hércules estaba moribundo —los resortes rodaban por toda la cancha de basquetbol—. La invasión por fin cesó. Mi querido tío, en el micrófono decía: 

—En todas las guerras se pierde la cordura y pasan cosas extraordinarias, como hoy, que todos los niños héroes; sin distinción, mostraron valor inaudito y se lanzaron al vacío en homenaje a Juan Escutia ¡Amigos, el heroísmo es contagioso! Hasta los invasores gringos cayeron sobre mi pobre colchón que ni culpa tiene. 

Y concluyó: 

—¡Ahora dormiré en un petate,

pa’que otra vez se me quite lo salido

—e hizo un anuncio—. El año que viene les prometemos que ganarán los niños héroes y nadie se tirará del techo de la escuela, a menos que nos regalen un colchoncito que les sobre por ahí —y terminó con un patriótico grito—: ¡Vivan los Niños Héroes! 

Y antes de apagar el micrófono, alcan- zamos a escuchar:

—¡Me va a pegá mi mujer!

 



Nombre: Enrique Orozco
Ocupación: Escritor y miembro fundador del movimiento cultural Rial Academia de la Lengua Frailescana

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