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Chiapas de Tradiciones

MORIR COMO MACHO


 Mitad del siglo XX, Claro Horizonte,  un progresista ejidochiapaneco, carecía de todos los servicios pri marios: el agua bajaba del cielo y a las casas llegaba en pipas que acarreaban de un río cercano. La luz la proporcio- naba el sol y de noche los quinqués y algunas lámparas de gasolina. El drenaje era cualquier lugar del traspatio de las amplias casas. En Claro Horizonte

—“Clarito” le llamaban con amor sus dos mil habitantes—; solo había una escuela primaria. Lo que abundaba eran las muertes violentas. Después de una fiesta Patronal o de un baile; los jóvenes “por quítame estas pajas”, se trenzaban a puñetazos. Pleitos que con frecuencia degeneraban en duelos con pistolas, machetes o cuchillos; y que propiciaban inacabables venganzas familiares. Si  por cada cadáver o herido les hubieran regalado un tambor; Clarito habría es- trenado batucada cada seis meses. 

En especial, 1954 fue fatal. Ese año, Clarito se ganó el sobrenombre de “El Rastro”. Un hombre borracho, cegado por los celos, accionó su pistola contra la puerta de su casa porque no le abrieron como de rayo, y por imprudente, mató a su amante embarazada y consecuentemente a su hijo. 

Dos hermanos: uno rijoso, el otro solo con mala suerte, fueron abatidos por la misma bala al estar juntos. Un violador murió apuñalado —con su propia daga—, por la mujer que, valiente, se defendió de la agresión se- xual. Un padre enfurecido, de un balazo mató al que acababa de asesinar a su primogénito en un pleito de cantina. Un joven mató a su padrastro cuando éste, borracho, golpeaba a su madre. La combinación de alcohol y armas era el condimento de tanta desgracia.

Los difuntos se velaban en sus casas. Mientras el carpintero del pueblo, a mata- caballo fabricaba el ataúd. Con frecuencia había que esperar a un pariente que exigía despedirse del muerto. Caballos trotones y carretas jalados por bueyes eran los medios de transporte. Hasta los lugares cercanos se tornaban lejanos por la defi      comunica- ción entre ellos. 

La noticia circuló veloz: “El Gordo Chu- vano —un fuereño recién llegado—; sabe embalsamar cadáveres”. Él mismo regó la información, dijo que aprendió técnicas embalsamadoras egipcias: “si los egipcios conservaron un chingamadral de años a sus faraones, ¿por qué no usarla para que nuestros moridos no jiedan tanto por dos o tres días?”.

Los cadáveres comenzaron a llegar a la casa del Gordo Chuvano. Su técnica era sim- ple; compraba en la botica dos litros de “Bál- samo de la Familia” (sustancias aromáticas medicinales para problemas leves de piel).

En la tienda de Don Chente pedía tres kilos de cal y los mezclaba hasta obtener una pasta muy manejable. Insertaba una manguera en el agujero del polo sur del difunto y ayudado   de una bomba para inflar llantas de bicicletas, rellenaba los intestinos con ese menjurje. Una aguja capotera e hilo cáñamo clausuraban el agujero natural más cercano al intestino.

Cuando la gente se enteró de que la técnica que usaba El Chuvano nada tenía que ver con egipcios y faraones; muchos preferían que sus difuntos fueran sepultados en caliente. 

Pantaleón Chico, joven enamorado y rijoso, debía ya dos muertes, y aunque los duelos fueron en buena lid, él sabía que: “el que a hierro mata, a hierro muere”. Y precavido; le dijo a Pantaleón Grande, su padre: 

—¡Si muero como hombre, entiérrenme como hombre! No quiero que me embalansen. ¡Padre, no permitas que ese gordo cabrón me clave nada por donde no debe! 

Pantaleón vivió tres años más, pero ese funesto año del 54 cayó defendiendo su honor. En la fi de San Antoñito, patrón del pueblo, bromeando, alguien le tocó el trasero. Comenzó la discusión. Las pistolas hablaron. A él le tocó perder. Lo velaron según la costumbre y aunque parientes lejanos querían despedirse del cadáver. Lo enterraron sin requerir los servicios del Gor- do Chuvano —como Pantaleón pidiera.

 El que escribió su epitafio, seguramente tenía alma de poeta: 

“Aquí yace un macho a carta cabal, Pantaleón era su nombre,

murió como muere un hombre, sin sospecha de desliz,

no permitió que ni en broma le tocaran su jonís”.

 



Nombre: Enrique Orozco
Ocupación: Escritor y miembro fundador del movimiento cultural Rial Academia de la Lengua Frailescana

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