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EL PELUQUÍN DE TÍO JOHNNY


A finales de los años ochenta, toda la familia viajamos a San Diego, California. Visita- mos a tío Johnny: solterón —gran conquis- tador de corazones femeninos— y ameno conversador. Él galopaba ya por los setenta

años. Una tarde que tomábamos café, notó que yo esta- ba perdiendo cabello, me dijo: “ya se te ven las lonas, sobrino”. Cierto. A mis 45 años, ya tenía claros en mi cabello; sobre todo, la parte del copete y la coronilla.

—Sí, este pollo ya está perdiendo las plumas —bromeé. 

—Yo tengo un obsequio para ti —dijo sonriendo—: ¡un peluquín!

—Tío, ¿por qué no lo usa usted? Lo necesita más que yo—su calva era como la del Cura Hidalgo.

—Ya verás —dijo, con su agradable acento norteño—, una novia que tengo me regaló el peluquín. Fui con ella a Tijuana a ver al dentista y me vi obligado a usarlo. Es- tábamos en la recepción, cuando llegó un viejo amigo.

¡No me reconoció! Sentí ñáñaras, fui al baño, me quité el peluquín y lavé mi cabeza. Cuando salí, me abrazó: “Quihubo Johnny, hace rato vi a alguien que se parecía a ti, pero ese tenía un chingo de pelo, debe ser tu hijo”. 

Tío Johnny, bonachón, dijo:

 —Ya estoy viejo para andar con peluquín. Tú, todavía estás joven, quiero obsequiártelo. 

—¿No se enojará su novia? Tío Johnny contestó:

—Le diré que se lo di a un pariente que está más jodido que yo. 

Tuve que improvisar para que no se ofendiera con mi respuesta:

—Allá en Tapachula ya me conocen así, si de pronto me ven con peluquín, seguro creerán que me volví mampo

—¿Qué es mambo? —preguntó. 

—Mambo es un ritmo sabrosón. Mampo, es alguien que siendo hombre se siente mujer. Un joto, pues. 

—¡Joto! ¡Ah cabrón! ¡no, pos tienes razón! Para que no se sintiera despreciado, dije: 

—Tío, acepto su obsequio, pero le aclaro: me lo pondré si alguna vez cambio de resi-

dencia, llegaré a otra ciudad con el peluquín puesto y así no corro peligro. 

Regresé a casa con el pe- luquín que tiene mechones de pelos blancos. 

El peluquín estu-  vo 25 años guardado. Hace poco, registrando un clóset, encontré

el obsequio de tío Johnny. Lo peiné y me lo puse, salí de mi recámara derrochando estilo. 

Mirta, la muchacha que tra- baja en mi casa, me vio primero:

—Oiga —dijo riendo—, trae una gallina sarada en la cabeza, a lo mejor ya puso un huevo. 

Al rato, cuando comíamos, Wili, mi hijo, atacado por la risa, exclamó: 

—¡Se me antoja esa plasta de frijol con queso que traés en la morra! 

Dora Celina me dio la puntilla: 

—Si te ibas a poner el mechudo en la cabeza, me lo hubieras dado para lavarlo — agradecí que no se rio. 

Mis dos chuchos ladraron, los gatos maullaron, hasta el loro se divertía. 

Como hizo tío Johnny: fui al baño, me quité la peluca y lavé mi cabeza. Cuando salí, mi abnegada dijo: 

—¡Ah, eres tú! Creí que eras el Donald Trump Tapa- chulteco. 

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¡Perdón, tío Johnny

 

 



Nombre: Enrique Orozco
Ocupación: Escritor y miembro fundador del movimiento cultural Rial Academia de la Lengua Frailescana

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