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AGRICULTURA

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VERDADES Y MITOS DE LAS QUEMAS AGRÍCOLAS


Recientemente las sociedades del mundo se impactaron ante las noticias de incendios de gran magnitud que afectaron a Australia y a un sitio icónico de la biodiversidad mundial, el Amazonas (que consumieron en conjunto una superficie similar a la del estado de Durango). Por supuesto, la pérdida de 33 vidas humanas y más de mil millones de animales –tan solo en Australia– es ya una tragedia y, sin embargo, es a penas la punta del iceberg de una silenciosa catástrofe ambiental global que, por conse- cuencia, involucra a todos. 

Los incendios forestales a nivel mun- dial son ocasionados casi en su totalidad por la acción del hombre. En México, las actividades agropecuarias son la principal causa de incendios forestales (tendencia que se mantienen alrededor del mundo). De acuerdo con el Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred), 4 de cada 10 incendios en el país son provocados por quemas agrícolas (para desmonte, pastoreo o preparación de la siembra).

 

A través de la campaña #ChiapasNoQuema se promueven alternativas sustentables entre las que destacan el manejo de rastrojos, el uso de curvas de nivel, la labranza mínima, el uso de barreras vivas, la asociación y rotación de cultivos

El problema principal de los incendios no es la cantidad de hectáreas consumidas inicial- mente, sino que esas hectáreas afectadas por el fuego, ya sean de vocación forestal o agrícola, pierden importantes funciones ambientales en el mediano y largo plazo. A pesar de esto, las quemas agrícolas siguen siendo una práctica común

en México, particularmente en las zonas de selva del sur y sureste del país donde forman parte del sistema de roza, tumba y quema.

La fertilidad de los suelos selváticos general- mente es reducida, por lo que es difícil obtener cosechas abundantes de manera constante en el tiempo sin fertilizar el suelo. La productividad de las parcelas que son objeto de la práctica de roza, tumba y quema depende fundamentalmente de que se les deje descansar, sin embargo, estos ciclos

de descanso se han acortado considerablemente (pasando de 25 años hacia 1980 a tan solo 7 o 5 años en la actualidad), impactado negativamente a la producción y al medioambiente.

 

El sistema de roza, tumba y quema debe su vigencia a complejos procesos socioculturales que han ido diluyendo gran parte de sus prácticas auxi- liares o específicas –como los ciclos de descanso, su programación para el momento de las primeras lluvias, la consideración de la dirección del viento o el establecimiento de guardarrayas para evitar que el fuego se salga de control– y su simbolismo –su práctica solía estar precedida por ceremonias religiosas, ritos para propiciar la lluvia, música especial, ofrendas y banquetes–.

Entre los productores que realizan quemas agrícolas es común escuchar que “con las cenizas la planta sale más bonita”, pero, ¿cuánto de esto es verdad y cuánto es mito?, ¿qué beneficios y qué afectaciones pueden tener los productores que realizan quemas? 

La quema es una de las prácticas de control de malezas más antiguas que se conocen, requiere pocos insumos y además destruye diversas pla- gas, aumenta el pH del suelo y le devuelve a este nutrientes que estaban en la vegetación (lo que ocurre únicamente si la intensidad de la quema  es leve o moderada y si las lluvias o el viento no

arrastran esos nutrientes que quedan en la superficie). Es, de alguna manera, acelerar el proceso de descomposición de la materia orgánica para que libere sus nutrientes y por ello es que a través de esta práctica se puede aumentar temporalmente la fertilidad del suelo.

 

¿Cuál es el costo oculto de estos beneficios?

Las mejoras de las propiedades del suelo asociadas con la rápida y violenta liberación de los nutrien- tes contenidos en los residuos son, para principiar, solo un efecto temporal de las quemas –por lo que en pocos años las parcelas se agotan, orillando

a los productores a hacer nuevos desmontes–. Sus otros efectos son la pérdida de materia orgánica y de los nutrientes solubles del suelo y, en gene- ral, el incremento de su erosión (particularmente de los suelos de textura fina o los que están en pendientes).

 

Además, ya que el fuego no distingue entre plagas y fauna benéfica, o entre malezas y árboles, una de las alteraciones más inmediatas es la pérdida de la biodiversidad, tanto a nivel de hábitat (como en el caso de los incendios forestales) como a nivel de suelo. Incluso las quemas agrícolas controladas afectan significativamente la actividad biológica del suelo, reduciendo o eliminando la enorme cantidad de microorganismos (bacterias, hongos, algas, protozoarios, anélidos, entre otros) que lo habitan y lo hacen fértil. 

Gran parte del efecto del fuego sobre el suelo depende del tipo y cantidad de materia orgánica que lo cubra y de la intensidad de la quema o incendio que lo afecte (de las temperaturas que se alcanzan y el tiempo que estas se mantie- nen). El suelo tiene dos tipos de respuestas frente al fuego, una inmediata, producida al momento de la quema y una posterior, donde influyen los cambios en el ambiente.

 

¿Qué ocurre durante un incendio?

Los 50°C son considerados el umbral críti- co para que los tejidos vivos de la vegetación se destruyan. Así, entre los 40 y los 70°C se produce la muerte del cámbium –tejido que forma la madera y los anillos de crecimiento– y entre los 50 y los 70°C las semillas pierden su viabilidad de germinación. La destrucción de la mayor parte de la materia orgánica y la interrupción de los los ciclos de los nutrientes minerales se produce cuando las temperaturas son superiores a los 100°C. 

Cuando la temperatura llega a los 150°C se destruyen los hongos microscópicos (orga- nismos bastante resistentes al calor); luego, a

los 210°C, se destruyen las bacterias (muchas de ellas son consideradas microorganismos que habitan en los límites de la vida por su alta resistencia a ambientes extremos).

 

Si la temperatura sigue aumentando (por encima de los 400°C) se generan entonces cambios en las propiedades físicas del suelo (en su textura en particular) y, por último, vienen los cambios en sus propiedades quí- micas: hacia los 500°C ya se ha volatilizado gran parte del nitrógeno y comienza la pérdi- da del calcio, el magnesio y el potasio hasta que, finalmente (entre los 700 y los 800°C), se volatiliza el fósforo, dejando al suelo yermo.

 

Así, cuando ocurre una quema agrícola o un incendio forestal se liberan diversos gases (muchos de ellos de efecto invernadero) a la atmósfera. Se estima que la combustión de una tonelada de material orgánico (vegeta- ción o residuos agrícolas) produce alrededor de 1,600 kg de CO2, requiriendo 7 toneladas de aire para su combustión.

 

 

¿Qué ocurre después de un incendio?

El tiempo de recuperación de los suelos si- niestrados por el fuego es muy variable. Hay praderas que recuperan su estructura (aunque no todas su funcionalidad) de una temporada a otra, pero los ecosistemas más complejos, como bosques y selvas, pueden tardar periodos superiores a los 500 años en recuperar su equili- brio original. De hecho, efectos que comienzan al momento del incendio se mantienen por años,   tal es el caso de la repelencia al agua (que se pro- duce cuando durante los incendios se alcanzan temperaturas entre los 300 y los 500°C).

 

En un suelo en el que se practican las quemas hay una reducción de la capacidad de absorción y retención de agua (pues al afectarse la porosidad, se afecta también la aireación y la capacidad de infiltración), por lo que es frecuente que en muchos de los suelos calcinados se formen capas impermeables al agua. Esta inducción a la hidrofobicidad puede mantenerse duran- te varios años después (incluso si se trata de incendios de poca severidad), dificultando la recuperación del suelo y aumentando signifi tivamente el riesgo de erosión.

 

La erosión es uno de los efectos a media- no y largo plazo más graves del fuego sobre el suelo. Cuando este queda expuesto, las partículas finas dispersadas por la lluvia tapan los poros del suelo favoreciendo el escurri- miento superficial, la contaminación de las corrientes y cuerpos de agua (con pequeñas partículas de suelo y cenizas) e incluso la formación de avalanchas y deslizamientos de suelo, sobre todo cuando las quemas han sido de alta intensidad y los terrenos tienen pen- dientes pronunciadas.

 

Finalmente, uno de los efectos que se produ- cen después de un incendio y que se prolongan por amplios periodos, es la pérdida de funcio- nes para equilibrar el clima. El suelo afectado por el fuego pierde su capacidad de regular la temperatura ambiental, repartir las lluvias y capturar CO2. Aunque no se destruya toda la vegetación de los bosques y selvas, el fuego les arrebata sus propiedades y funciones vitales para el planeta, de manera que no se trata solo de aspectos cuantitativos, sino cualitativos. 

 

El Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (Cimmyt), que ha investi- gado el efecto de las quemas agrícolas du- rante años, ha desarrollado y validado –en colaboración con diversas organizaciones y de la mano de los productores– alternati- vas sustentables para evitar esta prácti- ca, permitiéndole a los productores que las implementan mejorar la calidad de sus suelos, disminuir sus costos de producción y, en ge- neral, hacer más rentables sus parcelas (con- tribuyendo así a conservar bosques y selvas).  

Actualmente, a través de la campaña #ChiapasNoQuema se promueven estas al- ternativas sustentables entre las que destacan el manejo de rastrojos, el uso de curvas de nivel, la labranza mínima, el uso de barreras vivas, la asociación y rotación de cultivos, entre otras. ¡Súmate!

 

"El fuego no distingue

entre plagas y fauna
benéfica, o entre malezas
y árboles"



Nombre: Redacción Redacción
Ocupación: Editor

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