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LA ARAÑA NEGRA


Seguro estoy que la mayor parte de mis lectores no saben quién fue La Araña Negra. Era el apodo de Lev Yashin, futbolista ruso, considerado el mejor portero de todos los tiempos. Jugó tres mundiales, incluido el de México 70. Yashin, con 1.90 m de estatura, parecía tener ocho brazos, vestía de negro, por eso el mote. Lev falleció el pasado siglo. Yo lo admiraba, por eso, las pocas veces que practiqué ese deporte, escogí ser portero y mi uniforme era negro.

 

Hace poco, encerrado en casa por la cuarentena, hacía la siesta. Soñé con Lev. Rectifico: ¡Yo era Lev Yashin! El estadio Maracaná de Brasil, con 120,000 espectado- res, estaba lleno. Pelé avanzaba por su lado derecho, dribló a uno… a dos… a tres. Solo frente a mí, tiró al arco. Me estiré tanto, que salí del estadio. ¡Desperté en el suelo con  un gran calambre! El camote de mi canilla derecha decidió irse al otro lado.

—¡Auxilio, ayuda, help, mayday! —grité

Nadie acudió. Pretendía pararme, pero, otra vez el calambre.

—¡Auxilio, mayday,

cabrones, háganme caso! —grité más fuerte.

 

Dora Celina regaba las plantas de la terraza, mis hijos en su recámara con el volumen

de la tele a todo lo que daba y la puerta de mi cuarto ce- rrada. Estuve botado media

Cuando por fin llegó ella, abriendo desmesuradamente los ojos, preguntó:

 

—¿Qué haces ahí?

 

—‘Toy jugando futbol.

 

—¿Tirado? ¿En el piso?

 

—Estaba en el Maracaná. Soñé que yo era La Araña Negra y le desvié un tirazo a Pelé. No me puedo parar. ¡Me dan calambres!

—Vos, en lugar de soñar conmigo, soñando con animales estás —y diagnosti- có—; ¡te dan calambres porque no comés guineo! Voy a llamar a los muchachos pa’que te levanten.

 

Lo hicieron. Les conté lo que pasó:

—Jefe, la próxima vez, sueña que jugás .Ya no estás pa’ deportes violentos

—dijo uno.

 

—Mejor soñaras con tejer chambritas

—opinó el otro.

 

Dolido ante tanta insensibilidad, les comuniqué otra posibilidad:

—Mejor voy a soñar que soy viu- do y en vez de hijos tengo hijas, a lo mejor ellas vienen más rápido.

 

Se ofendieron, escuché a su ma- dre consolarlos:

 

—¡No le hagan caso, ta’ cho- cheando!

—Me asusté, creí que era Coronavirus —dijo uno.

 

—Más bien ¡olía a Parvovirus! —opinó el

 

Mensaje a La Araña Negra: “Lev Yashin, yo te admi- ro; pero, la próxima vez que querás que

alguien te sueñe, ¡ahí te buscás otro tu pendejo!

¿Viste?”.



Nombre: Enrique Orozco
Ocupación: Escritor y miembro fundador del movimiento cultural Rial Academia de la Lengua Frailescana

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