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Miércoles 21 de Octubre de 2020
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AGRICULTURA

Chiapas de Tradiciones

EL CARRETÓN DE SAN PASCUALITO


Puntual e inexorable, como cada otoño, a Cristóbal Obregón llega- ba un viento fuerte, arenoso y ulu- lante. Se regodeaba dando vueltas en el poblado de mil quinientos habitantes, hasta que se aburría de dejar ropas en patios ajenos, o romper el frenillo de nuestros papalotes, entonces se largaba a hacer travesuras a otro lado llevándose todo lo que podía. 

Cuando el clima lo permitía, entraba en acción don Chicho: un sesentón, alto y cum- bo: agricultor de día y cuentero nocturno.  Al filo de las siete de la noche, don Chicho sacaba un butaque a la banqueta de su casa, señal que ya esperaba a su público formado por niños y jovencitos. 

El Che, mi avispado amigo, me invitó a escuchar al cuentero. Él ignoraba que don Gánigan, mi tío abuelo, cuando supo que iniciaría mi educación primaria, me acon- sejó: “Hijo, en la vida hay dos grupos de personas: los que preguntan cuándo algo no saben y los pendejos que creen que todo lo saben —y cerró diciendo—: preguntá, no seas pendejo”. 

Esa noche, el cielo vestía luto riguro- so; sin luna ni estrellas. Me senté en la banqueta al lado izquierdo del cuentero. El Che me advirtió: “¡Don Chicho tiene mal de saliva, escupe pa’l lado derecho y pringa galán!”. A su derecha se sentaba “El Gendarme”, chucho de rancio mesti- zaje y noble mirada; estoico, soportaba el chipi-chipi de babas que esparcía su amo.

Don Chicho contaba historias de espantos, sin necesitar a los espantos tradicionales como La Llorona, El Som- brerón, El Jinete sin Cabeza y otros. Él tenía los suyos: “El Tastuco Peloecocha”, “La Pierna Peluda”, “El Chumpi Baila Pa’tras”, “El Ojo Chelón”, “La Garra- pata Coyolera”, espantos que usaba de acuerdo a la ocasión. Al lado del buta- que, en el suelo, un quinqué con titilante luz le daba a su rostro aspecto fantasma- górico. 

Lo que el Che no me dijo, es que el cuentero tenía mal genio y tarde descu- brí que no le gustaba ser interrumpido. Habíamos ya una docena de oidores —pura pinchi checherecada, dijo él—. Satisfecho, inició la sesión con un de- monio, para mí, desconocido: El Tastuco Peloecocha: 

—Es un enano prieto, peloecocha, bromista y le jieden las patas… —y se- ñalándolo dijo—. ¡Igualito que El Che!

 Todos reímos, menos El Che. Mi amigo era cabrón. 

—Don Chicho —dijo ofendido—. El Tastuco se parece más bien a su hijo, el Yiyo, está más prieto y chaparro que yo, y colocho no está, en cuanto al jedor de patas, preguntemo

—Oí vos —me dijo— ¿A quién le jiede más las patas?

—Al Yiyo —respondí solidario. 

Al cuentero no le gustó mi respuesta. Ceñudo, continuó: 

—El Che… digo… El Tastuco Peloeocha, es juguetón. Le gusta espantar a los niños como ustedes, pero solo a los que duermen en el corredor y en hamaca, te mece… te mece… te mece… Y te grita: ¡SOROCO! — todos brincamos—. Si le mostrás miedo ¡Ya te llevó la chingada! “Te gana” y… 

Aproveché la pausa del cuentero, hice mi primera pregunta: 

—¿Qué le gana el Peloecocha a los niños, don Chocho? ¿Las canicas? 

—¡Soy don Chicho! —gritó— ¡Y no hablé de canicas! Si le mostrás temor, ¡te gana el ánima! 

La luz del quinqué hizo que su rostro pare- ciera diabólico. 

—¡Te gana el ánima! ¿Oyites, muchachito? 

—¡Sí, don Chichito! — le contesté, temeroso. 

—Tampoco soy don Chichito! ¡Don Chicho soy! 

Pinchi viejito —susurró mi amigo—, sabe que yo duermo en hamaca en el corre- dor, pero lo voy a jodé. 

Cuando el cuentero se enojaba, escupía dos, tres, hasta cuatro veces. El Gendarme en medio de la lluvia de saliva, por fin decidió cambiar de lugar. Don Chicho también cam- bió de espanto.

 —El Peloecocha, no es nada comparado con “El Chumpi Baila Pa’trás 

El Che, de nuevo en susurros

Sabe que en mi casa tengo un chumpi blanco, pero lo voy a jodé —amenazó otra vez.

El nombre del espanto me causó risa, don Chicho me dirigió otra mirada hostil. Alzó la voz y, describió a la maléfica ave: 

—El Chumpi Baila Pa’trás, es un chum- pón… ¡Peeero chumpón! —extendió los brazos para indicarnos su gran tamaño—. Es blanco y bueno pa’la bailada. Se aparece en los patios y traspatios; tiene las patas flacas y pálidas, casi blancas. 

Me miró y ordenó: 

—Vos, muchachito, ¡parate! 

Lo hice. Lamenté que mi madre me con- venciera de usar pantaloncillos cortos que mostraban mis flacuchas, pálidas y huesudas canillas. Don Chicho simplemente señaló mis piernas. Todos rieron. El cuentero lideraba las risotadas, reía tanto, que pensé se iba a caer del butaque. 

El Chumpi Baila Pa’tras —dijo, entre risas—aparece en ¡meeero diciembre! El que lo ve piensa: “¡Ya jodí, ya llegó mi molito

de chumpi!”. Cuando lo apersoga, el chum- pi se convierte en un feo demoño —la cara del viejo se veía terrible— ¡El que pensaba comer molito, se vuelve la cena del demoño!

¡Ja, ja, ja! 

Los que antes se rieron de mis piernas, ahora me miraban ariscos. Si me hubiese puesto a bailar, no habría quedado ninguno. 

Por fin, don Chicho me dejó en paz. La noche, cada vez más obscura. El arenoso viento silbante pasó entre nosotros. 

Surgió otro espanto raro: La Pierna Peluda. 

—Yo he visto a La Pierna Peluda brincar aquí, en la plazuela —dijo el cuentero—.

Asusta de muerte a los que tienen la mala fortuna de toparla a dis-horas de la nochi

Buscó entre el público a quien joder. Me miró otra vez, pero mis piernas estaban más lisas que un bate de beisbol. La única velluda era Ludivina, su hija. Ella, precavida, brincó al Gendarme y corriendo entró a su casa. Ese espanto no tuvo mucho éxito. 

Yo había escuchado a mi tío Gánigan decir: “Hijo, los espantos no existen, viven sólo en la mente de los miedosos, de los cachafloja”. 

Yo era miedoso, no cachafl . ¿Quién a esa edad no siente miedo? Don Chicho, con sus palabras y gestos, gradualmente nos fue llevando a un estado emocional inestable —“al tentar” diría tío Gánigan—. Y llegó el turno del espanto estelar de esa noche: “El Carretón de San Pascualito”. Jamás había es- cuchado esa historia, el cuentero la narró así:

 

“Hace un titipuchal de años, en la capital del estado, azotó una terrible epidemia: ¡La Peste! Los muertos se arracimaban ‘onde quiera. Todas las noches se escuchaba el tenebroso rechinido de un carretón que venía por las ánimas de los dijuntos. Al carretón lo conducía el espectro de San Pascual Rey: ¡San Pascualito! Él se llevaba las almas de los que iban al purgatorio; o al meritito infierno: ¡el alma de los que habían sido muy cabrones!”.

 

—¿Como quién, don Chicho? —pregunté. El Che lo señaló, sólo nos reímos nosotros.

El cuentero desquitó su coraje escupiendo al Gendarme, que, imperturbable, aguantó el chaparrón. Don Chicho pidió un vaso con agua que bebió con avidez. El Che susurró: “está llenando el tambo de la saliva”.

 

Enseguida, don Chicho, aclaró: 

… A los buenos, los bien portados —trató de ponerse de ejemplo señalándose, pero la risa del Che lo hizo renunciar—. Bueno, les decía antes que este par me interrumpiera, a los que se portaron bien, en una carroza dorada, un trío de ángeles los lleva al cielo, donde están a todísima madre escuchando a un montón de angelitos tocando su marimbita.

 Y regresó al carretón del santo:

 … El rechinido del carretón anuncia que a un cristiano se lo va a llevar “patas de catre”. ¡El rechinido hasta escalofrillos da, te destiempla el jonís! —y para impresionarnos, quiso reproducir el rechinido— ¡Chirri-chirri! ¡Traca-traca! ¡Chi- rri-traca! ¡Te miás del miedo!. 

El “chirri-traca” me pareció gracioso, me iba  a reír, pero la fiera mirada del cuentero me disua- dió. Nos observó y palpó el efecto de su historia en nuestro ánimo. Puedo jurar, que, si el miedo hiciera ruido, el nuestro sonaría más cabrón que el molino de nixtamal del papá del Che. Don Chi- cho pausó. Dirigió la mirada a la pila que proveía de agua al pueblo. Era el lugar más obscuro del mundo, no le entraba ni la luz del afocador de tres pilas que usaba mi tío Gánigan. Yo podía asegurar que San Pascualito tenía ahí su carretón esperan- do a que alguno de nosotros muriera del miedo. 

… En las noches —siguió el relato— el Ca- rretón de San Pascualito llega a las casas de los enfermos… 

Para desconsuelo del narrador, otra vez levanté la mano: 

—Don Chico, ¿Patas de Catre y San Pascualito son espantos diferentes? 

—¡Con una chingada, don Chicho, don Chi- cho! —y preguntó— ¿Quién jodidos habló de Patas de Catre? 

Usté, dijo que a las almas se las lleva “Patas de Catre”, y ahora dice que es San Pascualito. ¿O no, Che? 

El Che asintió.

—Dije que se lo llevó “patas de catre”, por no decir “¡se lo llevó la chingada!” Porque es feo decir malcriadeza. ¿O no, vos Che? 

Mi amigo, imperturbable, no contestó, todavía estaba sentido. 

Don Chicho me preguntó:

—¿‘Tá claro? 

—Sí, ya sé que en lugar de “la chingada” se dice “patas de catre”. 

La ira contenida del viejo, hizo que con brusquedad se quitara los lentes, una pata se desprendió, se rascó la cabeza y otra vez llenó de saliva el lomo del Gendarme, con dificultad arrancó de nuevo: 

“Al carretón lo maneja el esqueleto del santo con su uniforme de monje. Lo jalan cuatro enor- mes chuchazos, pero… ¡Enormes chuchazos!

—con los brazos nos mostró lo altos que eran—

¡Sus ojos parecen brasas y echan lumbre por la trompa! 

El cuentero quiso mostrarnos cómo lucían los dientes y colmillos de los terroríficos chucha- zos, pero sólo vimos sus inflamadas encías, sin dientes. 

Aproveché esa pausa: 

—¿Esos chuchos son más grandes que El Gendarme? 

—¿El Gendarme? —y soltó la risa—, ¡ja, ja, ja, ja, ja! ¡Qué burro! 

Su burlona risa gradualmente se apagó hasta quedar serio. Miró otra vez al Gendarme y otro acceso de ofensivas carcajadas lo convulsionó. El chucho, intuyó la burla y herido en su amor propio se perdió en la oscuridad. El viejo regre- só conmigo: 

—¡Qué muchachito más pendejo! Solo un bobo pensaría que El Gendarme pueda parecerse a los chuchazos de San Pascualito.

 sin necesidad —pienso yo—, repitió: 

—¡Pero que pendejo chamaquito! ¿O no, vos Che?

 El Che, serio. 

Don Chicho perdió su buen humor; ahora sí parecía uno de los chuchazos del carretón. 

—Che, ¿contigo vino este muchachito jodón? Mi amigo asintió.

—¡Si contigo vino, contigo se va! Y háganme el rechingao favor de no regresar nunca más, ¿oyeron bien? 

Cuando ya nos retirábamos, nos lanzó un último deseo: 

—¡Y ojalá se les aparezca en el camino La Pierna Peluda, par de cabrones! 

—¡La Pierna Peluda hace rato que se metió pa’ dentro de su casa! —dijo el maldoso Che. 

Corrimos, pero alcanzamos a ver a don Chicho lanzando saliva como géiser y al mu- chachitero corriendo en desbandada. 

—¿Viste? —dijo el Che— ¡Me jodió, pero lo chingué! 

Fue una lástima que don Chicho nos corriera, pues ya no supe cómo asustaban: El Ojo Chelón y La Garrapata Coyolera, aunque esta última me espantó ¡Y muchas veces!.

 

GLOSARIO:

Pringar. Cuando algo jodido te salpica.

Tastuco. Entre chaparro y enano

Colocho. Pelo alborotado tipo estropajo.

Jedor. Olor apestoso que solo lo tiene el de enfrente

Soroco. Entre sonso y pendejo, igualito al exnovio de tu novia.

Chumpi. Guajolote que en navidad se convierte en pavo y es más caro.

Tambo. Recipiente sin cintura, igualito a tu vecino que se estaciona en la entrada de tu cochera

Jonís. Lugar del cuerpo: secreto discreto y para algunos hasta coqueto

Destemplar. Estado de tus dientes cuando canta tu vecina, esposa del que se estaciona en tu portón.

Nixtamal. Maíz cocido en grano, antes que se vuelva masa y más antes de que sea tortillita.

Sentido. Forma de que un pendejo muestra su enojo, como al que le tapan la cochera.

Apersogar. Agarrón pescuecero, amoroso o no

Arracimar. Amontonar, uno sobre uno

 

 



Nombre: Enrique Orozco
Ocupación: Escritor y miembro fundador del movimiento cultural Rial Academia de la Lengua Frailescana

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