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CAMPEANDO: CHINGAR A LOS MÁS JODIDOS


El título de esta colaboración no es una expresión grosera, no encontré otro que explicara lo que a continuación pretendo compartir. 

Hace unos 30 años, mi padre empezó, en el pueblo, un ejercicio que lo distraía, y el cual consistía en identificar y cuantificar a las personas con sobrepeso; comentaba que al principio eran unos cuantos, pero con el paso del tiempo se fueron incrementando, también le llamaba la atención que fueran “gordos del abdomen”, no parejos como los de antaño. 

La sociedad, la prensa, quienes dictaban los patrones de la moda, algunos pseudo-nutriólo- gos y también varios médicos, culpaban de ese incremento al consumo de azúcar de caña, entre otros productos utilizados para la alimentación humana, en esos ayeres.  

No tengo el dato preciso, pero se puede con- sultar y comprobar, que la proporción de perso- nas con sobrepeso en la década de los años 80, era infi  menor a la que se observa hoy; fue entonces que empezaron a culpar de este fenómeno al consumo de azúcar de caña y de grasa de origen animal; para contrarrestar esto, aparecieron productos que endulzaban pero que según la publicidad del momento, no engordaban y aceites vegetales que no tenían los efectos nocivos que le atribuían en esos tiempos a las grasas de origen animal, en esa época apareció la, después muy dañina, sacarina; posteriormente, el aspartame, y junto con ellos, la fructosa y su hermana la alta fructosa; mi conclusión es que no había un problema de obesidad para esas fechas y que la introducción de estos nuevos productos, fue la que propició esta escalada de personas con problemas de sobrepeso, obesidad, diabetes y colesterol.

El crecimiento de la proporción de per- sonas con sobrepeso ha ido de la mano con el incremento del uso de la fructosa y su hermana gemela, que se multiplicó por más de 100 en los últimos 30 años, en la elabo- ración de bebidas embotelladas, pastelitos  y golosinas. 

La fructosa es un monosacárido que proviene del maíz, el cual se emplea en la industria alimentaria para endulzar y tiene entre otras características, propiedades y forma de actuar, la de no generar saciedad como el azúcar de la caña; además, que sus excedentes en la sangre se van derechito a las células llamadas adiposas, por lo cual hoy vemos a muchas personas con sobre peso, que incrementan su masa corporal sola- mente alrededor del abdomen, donde precisa- mente estas células tienen predilección; pero si además de la fructosa, se añaden productos como el ácido fosfórico (presente en muchas bebidas gasifi  y golosinas), se pervierten el gusto y la saciedad, aumentando el consu- mo y los desequilibrios nutricionales. 

Dentro de las cosas más estúpidas que tuve la desgracia de escuchar, en mi caminar por  la vida, fue un decálogo de por qué no comer carne de res, dictado por uno de los dueños  de la empresa de panes y golosinas que entre otros atractivos perversos tiene un osito; esta empresa al igual que otras similares, son las responsables de que hoy tengamos el nada honroso nivel de sobrepeso, obesidad, diabe- tes y otras enfermedades, en las cuales somos líderes a nivel mundial; y su propuesta distractora y sesgada era que la gente no comiera carne para que no engordara y no dañara al ambiente, de ese tamaño el cinismo. 

Si bien es cierto que el consumo de cual- quier producto es responsabilidad de quien lo adquiere; esta se diluye cuando el consumidor es un niño quien se encuentra frecuentemen- te con productos aparentemente baratos en cualquier almacén o punto de venta; no hay en el mundo (créanme que es cierto) un país donde prácticamente las 24 horas del día, los 365 días del año, puedas adquirir productos de muy bajo valor nutrimental y muy alto valor calórico, a precios inquietantes y con perver- siones comerciales, como ofrecer en los altos de Chiapas, bebidas carbonatadas a precios más bajos que en la propia CDMX; o difundir la creencia que los eructos provenientes de estas, sacan a los malos espíritus del cuerpo; aparte de toda la publicidad, directa y sublimi- nal dirigida principalmente a niños y jóvenes.  

No creo que la prohibición gubernamental que han impulsado y aprobado algunos estados tenga algún efecto benéfico (si es que se pueda aplicar, lo cual dudo), si no está acompañada de la revisión de los ingredientes que se emplean en la elaboración de bebidas carbonatadas y golosinas; entre otras cosas.

Desafortunadamente, no veo a la ciencia mé- dica transitando en ese camino y se enfrascan en discusiones irrelevantes que solamente distraen la atención y beneficio a los vendedores; ahora las cosas duran en el anaquel mucho tiempo, pues contienen un montón de sustan- cias químicas: edulcorantes artificales como la sucralosa, fructosa, ácido fosfórico, acesul- fame de potasio, saborizantes como la carra- genina, antioxidantes como BHT y el BHA, conservadores como el benzoato de sodio y muchos más; todas estas sustancias evitan que los productos se enrancien, se oxiden, pierdan color y sabor; pero al final quienes los consumen creyendo que son nutritivos, sanos y aparentemente baratos (lo que dice la publicidad perversa), simplemente se están envenenando.

Ya hemos comentado en colaboraciones anteriores que, si no tuviéramos una población tan alta con sobrepeso, muchos enfermos de diabetes y otras enfermedades o desórdenes metabólicos causados por la mala alimentación que provocan el excesivo consumo de refrescos embotellados, panecitos y golosinas, el número de muertes por la actual pandemia sería mu- cho menor en nuestro país; por ello me llama la atención que ahora algunos empresarios que, directa o indirectamente han propiciado estos problemas de alimentación, se presenten como las salvadores de la humanidad porque próximamente nos van a vender una vacuna; y de todo el desmadre que han causado vendién- donos porquerías, empobreciendo a los más pobres y enriqueciéndose de manera insultante, ni quien se acuerde en unos días. 

Al 30 de agosto de 2020, cuando estaba terminando esta colaboración, me llegó un artículo europeo que propone el uso de unas levaduras para fabricar aceites vegetales que sustituyan a la de palma de aceite; carajo, ¿por qué al igual que con la caña de azúcar y la producción de carne de res, los productores de zonas templadas nos quieren avasallar y ani- quilar? Simplemente porque en esas zonas no se puede producir caña de azúcar, animales en pastoreo, ni palma de aceite; las razones que argumentan son falsas, endebles y totalmente rebatibles. 

No es justo que se ataque a los cultivos tropicales, lícitos, productivos y generadores de riqueza y arraigo, particularmente en zonas de marginación y pobreza; en aras de hacer prosperar más a los productores de zonas tem- pladas que siembran maíz y soya, todos los cultivos y actividades que producen alimentos son buenos y todos tienen su grado de afecta- ción a la naturaleza; que no nos quieran estig- matizar que solamente los cultivos tropicales son los responsables de tantas distorsiones como la obesidad o el cambio climático. 

El principal cambio en la alimentación de nuestro país se dio en la segunda mitad del si- glo pasado, por la gran migración de la pobla- ción rural a las ciudades ante la falta de interés por el campo de los gobiernos en turno, lo que provocó que la población dejara de consumir productos frescos, sanos y nutritivos; además, se privilegiaron las industrias enlatadoras y empacadoras de alimentos, en lugar de apoyar a los productores de alimentos sanos y frescos;  y así muchos se fueron en busca de mejores oportunidades (¿se acuerdan de la película El mil usos?), y no fueron pocos los que acabaron en cinturones de miseria, comiendo productos procesados, aparentemente baratos, conteniendo cuanta mugre se imaginen y con una altísima aportación calórica, los resultados son ya una triste historia…

 



Nombre: Mauricio Lastra
Ocupación: Ingeniero Ambiental

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