El currículum de Proculiano


Don Proculiano Pérez Nandar, Turulo por su padre y chiapaneco por la madre, se llamaba así por la admiración que su progenitor sentía por Licinio Próculo, famoso Jurisconsulto Romano. Proculiano siempre soñó ser Licenciado en Derecho y pasó por la prestigiada Escuela de Leyes de San Cristóbal, pero por enfrente, nunca entró.

Se graduó de Mecanógrafo en una academia local. Su primer empleo fue como bajero del huizachero más afamado de su pueblo.

Como buen Turulo, Proculiano era muy simpático pero muy mal hablado; salpicaba su charla con calificativos muy de su región.

Por recomendación de un primo que tenía un compadre, que a su vez tenía un cuñado que trabajaba de chofer del Procurador de Justicia, Proculiano fue nombrado Juez Municipal en Terán, pueblo cercano a la capital del estado, y confiado en la experiencia que acumuló durante tantos años de ser escudero de huizachero, se lanzó a la aventura de administrar justicia. Su maestro y guía sería el gran Licinio Próculo, del cual tomó el nombre una de las dos grandes escuelas de Juristas Romanos Clásicos. Él, Proculiano, sería el último seguidor de la afamada estirpe de los Proculeyanos.

Una mañana, llegaron al juzgado dos mujeres con un problema que, esperaban, la autoridad les resolviera. Ellas eran locatarias del mercado. El pleito fue un gran escándalo. Cada una traía su porra. El juzgado se llenó con curiosos y su alboroto, así que Proculiano, impuso silencio golpeando una tabla con un martillo que le sirvió de mazo. Le preguntó comedidamente a su secretario:

—Iday, jodido, ¿quién puta se robó mi mazo de la justicia?

El secretario era también costeño. —¡Ah, yegua! Iday, ¿no el otro día que usté se puso car’e cochi, dejó el marro empeñado en la cantina?

Don Proculiano hizo como que no escuchó y preguntó al empleado: —¿Sabés por qué antes me decían Proculiano “El Magnánimo”? —Sí, porque pura gasolina Magna le pone’sté a su Vocho.

Aclaró: —No, soy “Magnánimo” porque sé perdonar, y por eso te perdono que seas tan pendejo.

Como ya era hora de entrarle de lleno a la chamba, llamó a las mujeres y preguntó con toda cortesía:

—¿Qué jodido quieren ustedes?

Las querellantes usaban naguas: una azul y la otra roja; el juez lucía, por supuesto, una elegante y almidonada guayabera blanca.

La de nagua azul inició el litigio:

—Señor Juez, lo vengo a mirá, porque esta desgraciada –señaló a la de nagua roja–, como yo, vende ropa en el mercado, pero cuando estoy con un cliente, ella grita que su mercancía es más barata y pone en riesgo mi venta, y ¡Esas son chingaderas!

Proculiano, muy en el papel de Senador Romano, señaló con el dedo flamígero de la justicia a la acusada y dictaminó: —Pué, son chingaderas, vos de rojo.

La aludida contestó. —¿Ah, sí? ¡Lo que dice esta mujer no es cierto! Lo que pasa es que ella es carera, le gana a su mercancía casi el triple por ciento de lo que cuesta, y ¡Esas son pendejadas! ¿O no?

De nuevo intervino Proculiano: —Sí pué, son pendejadas, vos de azul.

La acusada contraatacó: —¡Señor Juez! Esta mujer, no contenta con lo que hace, ahora anda en amores con mi marido y me engañan en el mero traspatio de mi cara, ésas ¡Son puterías! ¿O no? —Es cierto, son puterías, vos de rojo.

La de rojo nuevamente. —¡Ja, ja, ja y más ja! ¡Qué riiiisa tengo en mi trompa! Si hombre buscara yo, me fijaría en uno joven y guapo, no en su marido de esta mujer, que está todo jodido, viejo y arrugado. ¡Así como está usté!

El Tribuno Romano, estupefacto, dijo: —Veee, ¡’ora que yo!

La de azul arremetió también contra el juez, gritando: —¡Tampoco, chulita! Mi viejo no está tan jodido como este viejo “carota de estropajo”.

Consternado el juez dijo: —¡Aaaah, pué! ¡Ahí me jodieron yo de nuevo! Ya párenle, si me siguen poniendo apodo, me veré en la penosa necesidá de meterlas a las dos un rato en la chichera; y voy a hacé lo que hizo manatos cuando le lavarum las pilatos.

Don Proculiano agradeció a su mentor que le enseñara algunos axiomas latinos, aunque se dio cuenta que lo había dicho mal y rectificó: —Perdón, quise decí: “lo que hizo Pilatus, cuano se lavarum las manatus”.

Las mujeres y sus acompañantes miraban desconcertadas al juez; pensaron que hablaba así porque seguramente andaba bolo; se retiraron discutiendo entre ellas acaloradamente, ignorando al juez.

Ya más tranquilo y a solas, don Proculiano, reflexionaba:

—¡’Uta madre, viejas cabronas! Si no las apantallo con mis conocimientos de latín, no me dejan de está chingando, porque como sabiamente dijo mi maestro Luciano Próculo: “Lex est lex” que no sé bien qué chingado ex; pero… ¡EX!

Le comentó a su secretario. —¡Qué tal si no hubiera yo estudiado Latín y Derecho Rehumano! ¡Aaah, vos jodido! Y ‘orita mismo vas a desempeñá el mazo de la justicia, porque por eso no me respetaron estas pinchi viejas.

De esta forma, se abrió la primera página del impresionante currículum del prestigiado Jurisconsulto, antes “El Magnánimo”, ahora llamado: Proculiano “El Recto”.

*Enrique Orozco Escritor, es uno de los miembros fundadores del movimiento cultural Rial Academia de la Lengua Frailescana en la que ha colaborado con relatos y otros textos. Ha publicado dos libros “Chumul de cuentos” (2011) y “Rincón Sobaco” (2015).

Nombre: Enrique Orozco

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