Mujer del campo, mujer de esfuerzo y admiración


Semblanza de doña Luvia Velasco Castañón

Una mujer productora, ganadera, agricultora, y que se dedica al hogar y a trabajar con la gente del rancho. Un ejemplo de mujer trabajadora que vence las adversidades de la vida con amor, pasión y compromiso.

A sus 84 años, doña Luvia Velasco es una mujer fuerte, recibió al equipo editorial de nuestra revista mientras trabajaba, con machete en mano: un hermoso retrato. El principio de este viaje a través de sus recuerdos es memorable, sin duda una mujer que ha trabajado y sigue trabajando dignamente en el campo.

Esta es su historia.

• La vida de campo Nació en La Finca San José, en el municipio de Jiquipilas, cuando sus padres se separaron, ella y sus hermanas estaban muy pequeñas y se fueron con su padre, don Eladio Velasco a vivir su infancia en Cristóbal Obregón. Su padre volvió a casarse.

A la edad aproximada de 11 años, regresó al rancho El Niágara, ahí se crio, en el campo. En este lugar, la joven Luvia y sus hermanas debían realizar las actividades asignadas a las mujeres, por ejemplo cocinar, aunque a ella no le gustaba guisar; prefería realizar algunas actividades que hacían los caballeros: “a mí me gustaba el monte, ensillar el caballo, manejar la carreta, ver el ganado”.

Nos comentó que cuando le tocaba cocinar, era su hermana la que le pasaba las recetas o le ayudaba a hacerlo para que ella pudiera irse a realizar las actividades que le encantaban, “yo sola aprendí a uncir la mancuerna de bueyes, ya tenía como 13 años cuando acarreaba agua con la carreta, estaba en la cocina pero como había mucho ganado, iba a caballo al potrero y apartaba mis vaquitas para ordeñarlas. Sé ordeñar, sé lazar una vaca, aprendí a hacer los quesos”.

Sin saber que, tal como su padre pensaba, era ella quien iba tomando las riendas de su vida y formando la determinación que la caracterizó durante su edad adulta. Ella se iba con un morral a cortar limones, mango, lo que encontrara, llevaba una pistola y mataba palomas y las cocinaba para su papá.

Nos cuenta uno de sus recuerdos: su padre, don Eladio Velasco, bebía el café caliente recién hervido por el fuego que su hija Luvia había hecho con la leña.

—Papá, quiero pepenar unos nanches, ¿me da usted permiso?
—Sí hija— decía su papá.
Ella se iba a la lomita y no solo traía los nanches sino leña también. Al volver con la leña, su padre le decía:
—Mira hija, ya no me traigas leña.
—Sabe papá— contestaba ella —a mí me gusta la leña porque con ella luego arde la lumbre y luego luego le hago su café.
—Hija… estás labrando tu destino.

• Formando su propio hogar

A la edad de 21 años se casó con don Hernán León López, un ganadero originario de Ocozocuautla de Espinosa. Con su esposo vivió en el rancho La Primavera, que era de su suegra “lo único que le dije a mi suegra, fue ‘aquí vengo a luchar y traigo brazos para ayudarle a Hernán’”.

Ahí cultivaban café y maíz en el cerro, “estaba de dos años mi niña, Orquídea, y yo embarazada del segundo hijo, Humberto; pero me iba a sembrar y cosechar, arriando puercos, cuando iba a nacer Humberto me regresé al rancho. Así, cosecha tras cosecha, había más chamacos”.

Tuvo en total seis hijos; Orquídea, hoy ganadera en Villaflores; Humberto, profesor de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la Unach; Hernán, urólogo; Horacio, profesor de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Unach; Daniel, ganadero; y Óscar, director de la Escuela de Estudios Agropecuarios Mezcalapa, en Copainalá.

• Las adversidades

Doña Luvia Velasco enviudó muy joven, de 36 años y con seis hijos. Ellos eran muy pequeños aún, el más joven iba a cumplir siete años y la más grande 15.

“Lo enterré en el mes de junio, el 12 lo mataron, el 13 lo enterramos. Cuando lo llevé a la tumba le pedí a Dios tres cosas: la primera, que pudiera sacar adelante a los hijos como Hernán lo deseó; la segunda, que bendijera las manos de mi difunto, que trabajaron para dejarle el bocado a sus hijos; la tercera, que bendijera las manos que le quitaron la vida… y el Señor me dio el valor, me cumplió”.

Aquí inició una nueva etapa de su vida, una muy difícil, pero que gracias a la gente que la estimaba como su madrastra, que le permitió trabajar en su rancho y le “dio ganado al partir” por un año, salió adelante, “no fue mi madre, pero sí fue como mi segunda madre y nunca me voy a olvidar”.

• Levantarse de entre las cenizas

“Así es que mis hijos crecieron en el rancho y yo hice muchísimos compromisos porque todos ellos estudiaron… compraba leche, vendía leña, quesos, hierbas, gallinas, huevos, cerdos y siempre manejaba cuatro o cinco trabajadores”.

Habituándose a ser quien tomaba las decisiones de la casa, pudo conseguir un préstamo bancario para comprar casa en Villaflores y un rancho.

Compraba, vendía, prestaba, hasta que después de un tiempo compró el rancho Salto Chiquito, hace más de 25 años, donde vive y produce actualmente. En la Frailesca todos conocían a la tía Luvia, ella apoyaba a la gente, ponía inyecciones, adoptó a sus sobrinos, aprendió de todo.

Entre toda su historia, aparecen muchas personas a las que agradece su apoyo, su hermana Hilda, que le ayudó a sacar adelante a sus hijos; su hermano Horacio, que le vendió una casa; don Carlos, que le vendió su primer rancho: Lindavista.

El gran legado que doña Luvia deja a sus hijos es el estudio. “Me siento muy orgullosa porque tengo hijos que salieron adelante. Yo salvé mi compromiso, el juramento a mi esposo de que iba a luchar para sacar a delante a la familia”.

Hoy, sus hijos la visitan con felicidad, orgullo y nostalgia, tienen frente a ellos un gran ejemplo a seguir, y aunque suene a estereotipo: una mujer de talla inigualable, leal, amorosa, trabajadora, guerrera.

Para terminar, les dejamos algunas reflexiones que doña Luvia Velasco compartió con nosotros:

Como en el cultivo, si haces buenas cosas, vas a cosechar buenas cosas.
Mujeres, no se conformen, si quieren algo luchen por ello, preocúpense por sus hijos.
No por ser mujer uno deja de tener su valor, igual es el hombre como la mujer.

Gracias por sus enseñanzas tía Luvia, es un ejemplo para las generaciones actuales y venideras.

¡Honor, a quien honor merece!

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