Mal de ojo


El “mal de ojo” es una creencia supersticiosa que hay en muchas partes de México. Se sabe que una persona puede provocar daño a otra con la fuerza de su mirada, en especial a los niños. La energía negativa de los que provocan el mal puede o no ser voluntaria.

Dora Celina llegó a la veterinaria con Raúl Enrique, nuestro hijo de seis meses de edad. En ese momento, Quenedi Popomeyá, ayudante de chofer de camión de carga, entró a dejar una caja con medicamentos veterinarios, repartía la mercancía que trajeron. Estaba sucio, sudado y sin bañarse por varios días. Vio al niño, iba a decir algo pero no lo hizo, se fue.

A las ocho de la noche, Raúl Enrique estaba grave: llanto, vómito, diarrea, temperatura.

Una vecina, diagnosticó: —Tiene ojo, ¿quién chuleó al niño? Le conté quienes lo habían visto. —

Es Popomeyá — dijo— ese cabrón tiene la mirada pesada. Yo lo puedo curar, pero es más rápido si lo cura él.

Fui por Quenedi, me estaba esperando.

—Se tardó médico, hace rato lo espero — me explicó— le iba a pedir a su esposa al niño para abrazarlo, pero me dio pena. Popo ya se había bañado y traía ropa limpia. Llevó la camisa sucia y apestosa que traía puesta, pensé: “A mi esposa le va a dar el supiritaco cuando vea la curación”.

Popo tomó al niño en brazos, lo cubrió bien con su hedionda camisa y lo estrujó contra su pecho. Carraspeó y escupió generosamente la cabeza, pecho y espalda de Raulito, repartió su saliva en el calenturiento cuerpecito ante la aterrada mirada de Dora Celina, después pidió:

—Doctora, tengo que pasarle un huevo por todo el cuerpo a Raulito.

—Usted toca con su testículo a mi hijo y yo que le atizo un sartenazo —amenazó la asustada madre.

Cuando le aclaramos que se trataba de un huevo de gallina se tranquilizó y Popo completó su curación. El niño pronto se alivió y durmió como un bendito.

Quenedi recomendó que no se bañara al paciente hasta doce horas después. Cuando acabó el sanador, nuestro hijo apestaba igual que un perro con parvovirus.

En 1983 la infección por parvovirus canino estaba muy extendida, muchos cachorros morían por eso, me sentía impotente ante la devastadora epidemia. Era poco lo que podíamos hacer para salvarlos.

Después de observar la curación de mal de ojo, le pedí que probáramos tratar con su sistema a mis pacientes caninos.

—¡Ah, no! —dijo enfático Popo— jiede mucho. —

¡Que se aguanten esos cabrones! Si soportan tu olor, a lo mejor viven.

¿Qué ‘tás esperando pue cabrón?

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