EL GALLO DEGOLLADO


En dos meses de noviazgo, Mérida y Tirso discutían a menudo, pero acostumbraban terminar sus diálogos diciéndose: “mi amor".

En casa de Mérida imperaba el matriarca- do; ahí no pelaban al Padre, tampoco al Hijo y menos al Espíritu Santo.

En Tapachula, un “muco”, entre otras cosas, es aquel tozudo con o sin razón: necio como buey de carreta.

Tirso era muco y lo aceptaba. Mérida era de tez blanca… y negro carácter.

Tirso llegó de visita.

—¿Me invitas un cafecito, mi amor?

—Sí, mi amor —dijo ella.

Fue a la cocina y regresó con una hu- meante taza de café. Como un avezado catador profesional, Tirso, aspiró el aroma, saboreó el brebaje, chasqueó la lengua tres veces y dio su veredicto:

—Es café soluble, no es colado, mi amor.

—Es café… ¿no eso pediste… mi amor?

—Sí, mi amor, pero de grano y colado. ¿Qué pasó pues, mi amor?

A la blanca Mérida se le arrebolaron los cachetes del coraje.

—Sería bueno entonces que trajeras un kilo de café

—y aclaró—, porque aquí el único colado eres tú… mi amor.

Tirso debió alejarse y buscar una novia más a modo —eso haría una persona normal—; pero él era muco. Soportó maltratos, humillaciones, malas palabras… ¡Soportó tooodo!

Inexplicablemente, pidió la mano de Mérida, y para su mal, se la dieron. En la primera noche de la luna de miel, Tirso amarró un gallo en la pata de la cama —fue un consejo de su finado abuelo que dijo: “cuando de madrugada cante el gallo, te levantas encabronado, lo agarras del cogote y lo matas, así tu vieja sabrá quién manda en ese matri- monio”.

Y lo amarró. Mérida era la cara de la inocencia al preguntar:

—¿Qué hace este gallo aquí, mi amor?

Seguro de su estrategia, el muco dijo:

—Mañana en la madrugada lo sabrás… mi amor.

Y, alegremente, se dedicaron a practicar el deporte del recién casado.

Tirso se despertó a las diez de la mañana. y, pensó: “pinche gallo güevón, no cantó; seguro se soltó y se fue”.

Bajo la cama estaba el gallo…

¡Degollado!.

La blanca Mérida le aclaró el misterio:

—El gallo iba a cantar, pero a mi marido, solo yo lo despierto; así que me lo eché, mi amor —en la mano tenía un machete tunco.

—Gra, gra, gracias… ¡mi, mi, mi amor!

—tartamudeó el muco.

El siguiente gallo que llevó Tirso a casa fue con un trío y con meliflua voz, cantó: “Despierta, dulce amor de mi vida, despierta…. mi amor”.

¡La blanca Mérida y Tirso el muco vivie- ron felices por siempre…! ¡Pos cómo no!


Autor: Enrique Orozco

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